REFLEXION DOMINGO XXIV (TO)

PENSAMIENTOS PARA EL EVANGELIO DE HOY

  • «El perdón atestigua que en el mundo está presente el amor más fuerte que el pecado» (San Juan Pablo II)

  • «Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona» (Francisco)

  • «(…) Es en el fondo ‘del corazón’ donde todo se ata y se desata. No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria transformando la ofensa en intercesión» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.843).


HOMILÍA 1: 

Tema: “La economía de la gracia frente a la contabilidad del rencor”

 

La experiencia cotidiana nos demuestra que la justicia humana suele medirse en balances minuciosos, libros de cuentas y exigencias de restitución exacta. Vivimos en una sociedad que habla con fluidez el lenguaje de los derechos y de las indemnizaciones, pero que desconoce casi por completo el lenguaje de la gratuidad y de la reconciliación. La Primera Lectura de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, tomada del libro del Sirácida (o Eclesiástico), irrumpe en nuestra mentalidad con una advertencia contundente que descalifica de raíz la lógica del resentimiento: «Rencor e ira son cosas detestables; el pecador las guarda en su interior».

El sabio veterotestamentario nos propone una ecuación espiritual de una lucidez estremecedora: «Perdona a tu prójimo la ofensa y, cuando rezases, serán perdonados tus pecados. Si un hombre alimenta rencor contra otro, ¿cómo puede pedir curación al Señor?». El texto bíblico nos confronta con la trágica inconsistencia del corazón humano que pretende acudir a Dios en busca de alivio y compasión mientras conserva celosamente en su interior la amargura, el veneno de la venganza y el deseo de ver castigado al hermano. La medida con la que juzgamos y medimos a los demás es la misma medida que aplicamos a nuestra propia relación con el Creador. No se puede exigir la misericordia divina manteniendo el puño cerrado ante las faltas del prójimo.

Esta enseñanza del Antiguo Testamento encuentra su maravilloso eco en el Salmo 102 (103), donde la comunidad de creyentes canta con entusiasmo la bondad infinita de Dios: «El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia». El salmista no retrata a un Dios inquisidor que lleva un registro contable de nuestros extravíos, sino a un Padre entrañable que «no está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo», que perdona todas nuestras culpas, sana nuestras dolencias y aleja de nosotros nuestros delitos «como dista el oriente del ocaso». Esta actitud de Dios no es una simple benevolencia pasiva, sino la manifestación suprema de su santidad.

El Evangelio según san Mateo (18, 21-35) lleva esta revelación de la misericordia a su plenitud pedagógica e insuperable. San Pedro, actuando como portavoz de la comunidad de los discípulos, se acerca a Jesús con una pregunta de cálculo: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?». En el contexto del judaísmo rabínico de la época, fijar el límite del perdón en cuatro ocasiones ya se consideraba un gesto de gran generosidad; al proponer el número siete —símbolo de plenitud y perfección—, Pedro estaba convencido de haber alcanzado el techo de la magnanimidad cristiana.

Sin embargo, como observa de forma aguda el teólogo Alessandro Pronzato, Pedro se equivoca gravemente en la elección de los verbos y en la lógica contable: pregunta cuántas veces tiene que perdonar, como si el perdón fuera un deber penoso y una carga onerosa, en lugar de preguntar cuántas veces puede perdonar, descubriendo el perdón como una oportunidad estupenda y una experiencia de liberación divina. La respuesta de Jesús destruye la calculadora de Pedro y la de todos nosotros: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete». Setenta veces siete no es un cálculo aritmético que suma cuatrocientas noventa veces; es un modo bíblico de decir «siempre», exigiendo un cambio radical de mentalidad que renuncia a llevar la contabilidad de las ofensas.

Para ilustrar este cambio de mentalidad, Jesús narra la parábola del rey que decide ajustar cuentas con sus siervos. Le es presentado un funcionario que le debe la suma astronómica e impagable de diez mil talentos. En la Antigüedad, un solo talento equivalía a unos diez mil denarios, por lo que diez mil talentos representaban más de sesenta millones de denarios —el sueldo de millones de jornadas de trabajo de un obrero—. La promesa del siervo que se arroja a los pies del rey diciendo «¡Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo!» es completamente absurda e insostenible. Ante esa insolvencia total, el rey, movido por una entrañable compasión, realiza un gesto inmerecido: le perdona la totalidad de la deuda y lo deja en absoluta libertad.

El drama estalla inmediatamente después. Al salir de allí, ese mismo funcionario encuentra a un compañero que le debe cien denarios —una suma pequeña y perfectamente asumible, equivalente a tres meses de trabajo—. Sin embargo, el siervo que acaba de ser agraciado con la condonación de una fortuna incalculable agarra a su compañero por el cuello y lo ahoga exigiendo: «¡Paga lo que debes!». Aunque su compañero le dirige exactamente la misma súplica de paciencia que él había utilizado ante el rey, el siervo se niega rotundamente y lo mete en la cárcel.

La lección de la parábola es demoledora. La diferencia entre diez mil talentos y cien denarios es la diferencia abismal entre lo que nosotros le debemos a Dios por nuestras faltas y lo que nuestro hermano puede debernos a nosotros por sus ofensas personales. El rey, indignado ante semejante mezquindad, hace llamar al siervo malvado y le formula la pregunta central de toda la vida cristiana: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la tuve de ti?». Quien no transmite a los demás la misericordia que ha recibido gratuitamente de Dios, revoca con su propia dureza la gracia del perdón y se entrega a los verdugos de su propio egoísmo.

La Segunda Lectura (Romanos 14, 7-9) nos otorga el fundamento cristológico para romper esta espiral de venganza: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo; si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor». Por el Bautismo, hemos sido incorporados al Resucitado y pertenecemos por entero al Señor. Nuestra referencia absoluta ya no es el propio honor herido ni la afirmación del propio orgullo, sino Cristo Jesús, quien murió y resucitó para ser Señor de vivos y muertos.

Al reunirnos hoy para celebrar la Eucaristía, los cristianos nos preparamos para recitar la oración que San Agustín calificaba de «peligrosa» si se pronuncia con ligereza: el Padrenuestro. Al decir «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden», estamos suscribiendo un compromiso sagrado. No podemos acercarnos a comulgar con el Pan de Vida si al mismo tiempo guardamos rencor al hermano en el corazón. Que la recepción del Cuerpo de Cristo nos libre del espíritu mezquino del siervo despiadado y nos conceda un corazón compasivo, capaz de perdonar de corazón setenta veces siete para transformar el mundo con la fuerza de la reconciliación pascual.

Preguntas para la Reflexión:

Al examinar sinceramente mi corazón, ¿descubro que guardo resentimientos o listas de ofensas contra personas concretas, comportándome como el siervo que exige el pago de cien denarios?

¿Soy consciente de la magnitud incalculable de la “deuda” de mis propios errores que Dios me ha perdonado gratuitamente a lo largo de mi vida a través de la cruz de Cristo y los sacramentos?

Cuando rezo el Padrenuestro en la Santa Misa o en mi oración personal, ¿experimento que el perdón que ofrezco a los demás es la condición indispensable para acoger la misericordia del Padre celestial en mi alma?



HOMILÍA 2:  

Tema: “Pertenecer al Señor: La liberación del rencor y la neurosis del odio”

En el discurrir de la vida adulta, la madurez humana se enfrenta constantemente a la dura prueba de las desilusiones, los desacuerdos laborales, las rupturas afectivas y las injusticias de la convivencia social. Con el paso de los años, el riesgo más grave que acecha al adulto no es únicamente el desgaste físico, sino el endurecimiento progresivo del alma: la acumulación silenciosa de agravios que terminan por agriar el carácter y encarcelar la existencia en la amargura del resentimiento.

Frente a esta tentación de repliegue egoísta, la Segunda Lectura de hoy (Romanos 14, 7-9) nos sitúa ante el horizonte definitivo que debe orientar toda opción madura en la vida: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo; pues si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor». San Pablo nos recuerda que para el cristiano bautizado, el punto absoluto de referencia es Cristo Jesús. Todo lo demás —nuestros éxitos, nuestras pérdidas, nuestros títulos, pero también nuestras ofensas recibidas y nuestros derechos pisoteados— adquiere un valor secundario y relativo ante la realidad supremo de nuestra pertenencia al Resucitado.

El adulto que comprende que “es del Señor” deja de vivir centrado en la hipertrofia de su propio yo herido. Como señala de forma iluminadora el sacerdote y teólogo Adolfo Galeano, el perdón no es un lujo opcional o una debilidad de carácter, sino una experiencia profundamente liberadora y una característica esencial de la madurez cristiana. Por el contrario, la persona incapaz de perdonar, dominada por el rencor, la malevolencia o el deseo de venganza, se convierte en esclava del pasado y del propio ofensor. La persona que odia vive sin paz, atormentada internamente ante el mero recuerdo o el triunfo del otro, corriendo el riesgo real de caer en graves neurosis afectivas porque se niega a aceptar la realidad y se inhabilita para construir relaciones humanas sanas.

Esta esclavitud del odio es calificada en la Primera Lectura (Sirácida 27, 30 – 28, 7) como algo «detestable» y propio del pecador que guarda la ira en sus entrañas. El libro del Sirácida nos dirige una invitación de una hondura existencial incontestable: «Acuérdate de tu fin y deja de odiar; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa». Mirar la vida desde la perspectiva del éscaton —es decir, desde el horizonte último de nuestra muerte y del juicio de Dios— nos otorga la verdadera sabiduría para sanar nuestras relaciones presentes. Pretender tomarse la justicia por mano propia es usurpar una prerrogativa que pertenece exclusivamente a Dios, como advierte también san Pablo al recordar que el juicio divino es el único justo e imparcial.

En el Evangelio según san Mateo (18, 21-35), Jesús expone la parálisis espiritual del adulto que no ha comprendido la dinámica de la gracia. Ante la propuesta de Pedro de perdonar hasta siete veces, Jesús exige una magnanimidad que se prolonga «hasta setenta veces siete». A través de la parábola del siervo despiadado, el Maestro nos muestra el peligro de la ceguera espiritual: aquel funcionario que había obtenido la remisión gratuita de diez mil talentos —una cifra monumental que representa la inmensa misericordia con la que Dios nos rescata de nuestras propias miserias— no es capaz de ofrecer un margen de paciencia a su igual por una deuda insignificante de cien denarios.

El Salmo 102 nos ofrece la medicina para esta miopía del alma al recordar cómo actúa Dios con el hombre adulto: «No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas». Dios nos colma de gracia, de ternura y de perdón. Por eso, la falta de compasión del siervo para con su compañero indigna al rey, quien lo entrega a los verdugos. Quien se niega a perdonar a su hermano se condena a sí mismo a vivir en la cárcel de su propia dureza de corazón.

El teólogo Raniero Cantalamesa nos ofrece una precisión fundamental para la madurez afectiva del adulto que lucha por perdonar: el perdón evangélico no debe confundirse con un sentimiento psicológico espontáneo. Es perfectamente normal que la naturaleza reaccione, que la memoria duela o que la sangre hierva al encontrarse con la persona que nos infligió un daño severo. Perdonar no es sentir que no ha pasado nada o lograr un olvido amnésico inmediato; el perdón es un acto firme de la voluntad. Si un adulto desea perdonar, si lo pide en oración y decide no alimentar la venganza ni el mal contra el ofensor, ese adulto ya ha perdonado de corazón a su hermano, independientemente de la agitación de sus sentimientos.

Al celebrar esta Eucaristía, los adultos estamos convocados a realizar un humilde acto de verdad ante el altar del Señor. Reconozcamos que todos somos deudores insolventes que vivimos de la compasión inmerecida de Dios. Pidamos que el Espíritu Santo renueve nuestra mente para que, sabiendo que en la vida y en la muerte somos del Señor, rompamos las cadenas del rencor, abramos los puños cerrados por el orgullo y vivamos la auténtica libertad de los hijos de Dios, capaces de perdonar de corazón a nuestros hermanos.

Preguntas para la Reflexión:

En mi vida adulta profesional, familiar o social, ¿asumo que mi pertenencia a Cristo es el criterio superior que debe llevarme a superar las ofensas, o permito que el orgullo y el rencor dominen mis decisiones?

¿Comprendo que el perdón es una decisión voluntaria de la fe y no un simple sentimiento, liberándome de la culpa cuando siento dolor emocional pero elijo no vengarme?

¿De qué manera la perspectiva del fin de mi vida y de la infinita misericordia que he recibido de Dios me ayuda a “pasar por alto” las ofensas pequeñas de la convivencia diaria?



Título sugerido: «La Patria comienza en casa: Libertad, Fraternidad y el Don del Perdón»

I. Introducción: Septiembre, memoria y gratitud 

Muy queridos hermanos, queridas familias, niños, jóvenes y abuelos:

En este mes de septiembre, las calles, plazas y hogares de nuestro país se llenan de colores blanco, azul y rojo. Sentimos el calor de nuestras tradiciones, la música de nuestra tierra, el aroma del pan compartido y la alegría de reunirnos. Nos preparamos para celebrar la Independencia nacional, evocando a aquellos hombres y mujeres que soñaron con un Chile libre, fraterno y justo.

Al mirar nuestra historia, descubrimos que los padres de la patria no construyeron la República apoyados únicamente en decretos o batallas. La levantaron sobre cimientos morales muy hondos: la búsqueda del bien común, el reconocimiento de la dignidad de cada persona —que llevó a declarar libres a los hijos de los esclavos en 1811— y una confianza filial en Dios.

Hombres de fe, como el fraile Camilo Henríquez o los sacerdotes y laicos que convocaron el primer Te Deum y confiaron la protección de Chile a la Virgen del Carmen, sabían que un pueblo no es simplemente un grupo de personas que viven en un mismo territorio; un pueblo es, ante todo, una gran familia unida por el respeto mutuo, el sacrificio por el hermano y la búsqueda incansable de la justicia.

Pero hoy, la liturgia de este Domingo 24 del Tiempo Ordinario nos invita a hacernos una pregunta crucial: ¿De qué sirve llamarnos libres como nación si vivimos prisioneros del rencor en nuestras propias casas? ¿Cómo podemos celebrar la patria si no sabemos construir la fraternidad en nuestro propio hogar?

II. Ninguno vive para sí mismo: La familia como escuela de libertad 

San Pablo nos decía hace un momento en su carta a los Romanos: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo… en la vida y en la muerte somos del Señor».

¡Qué frase tan luminosa para la familia de hoy! Vivimos en un mundo que constantemente nos susurra al oído lo contrario: nos dice que lo importante es el éxito individual, acumular cosas, cuidar solo “mi propio metro cuadrado”, competir y ganar. Sin embargo, los valores que fundaron nuestra nación y el Evangelio que hoy profesamos nos recuerdan que la verdadera libertad no consiste en hacer lo que se nos antoje sin importar el resto, sino en la capacidad de amar, servir y cuidar a los demás.

Pensemos por un instante en nuestros hogares:

  • Papá y mamá no viven para sí mismos: se levantan temprano, trabajan con esfuerzo, postergan sus propios gustos para que a sus hijos no les falte el pan, la educación y el cariño.
  • Los abuelos no viven para sí mismos: regalan su tiempo, su sabiduría, sus oraciones y su ternura paciente.
  • Los hijos y jóvenes tampoco están llamados a vivir para sí mismos frente a una pantalla aislada: están llamados a participar, a colaborar con las tareas del hogar, a respetar a sus mayores y a preocuparse por sus hermanos.

La independencia de un país no fue un acto solitario; fue una alianza de muchas voluntades desinteresadas. Del mismo modo, una familia unida no se improvisa: se construye día a día cuando cada uno comprende que el bienestar de la casa depende de todos.

III. El corazón de la libertad: Setenta veces siete

Llegamos ahora al Evangelio de San Mateo. San Pedro, con su espontaneidad de siempre, se acerca a Jesús y le plantea una pregunta muy práctica: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».

Pedro creía estar siendo generosísimo. En las costumbres de la época, perdonar tres o cuatro veces ya era considerado un acto extraordinario de bondad. Pedro eleva la cifra al número sagrado: siete. Parecía el límite de la paciencia humana.

Pero Jesús rompe cualquier calculadora espiritual: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Es decir: siempre.

Y para que comprendamos por qué, nos relata la parábola del rey y el empleado. Un hombre con una deuda gigantesca —diez mil talentos, una cifra equivalente a millones de días de trabajo, humanamente impagable— suplica piedad. El rey se conmueve hasta las entrañas y le cancela toda la deuda. Pero ese mismo empleado, al salir a la calle, encuentra a un compañero que le debía una suma insignificante —cien denarios, el sueldo de unos pocos meses—; no solo se niega a esperar, sino que lo estrangula y lo arroja a la cárcel.

¿Por qué se indigna tanto el rey? Porque aquel hombre recibió misericordia, pero se negó a transmitirla. Olvidó lo que Dios había hecho con él.

Queridos papás, mamás, jóvenes y niños: ¿no nos ocurre a veces exactamente lo mismo en casa?

  • Dios nos perdona a diario nuestras debilidades, faltas de amor, quejas e impaciencias. Él no guarda un registro de nuestros errores pasados para echárnoslos en cara.
  • Y, sin embargo, ¡con qué facilidad llevamos nosotros una libreta mental de las faltas del cónyuge, del error del hijo, del descuido del hermano! Guardamos ofensas de hace semanas o años y, ante la menor discusión familiar, sacamos a relucir la deuda ajena.

El libro del Eclesiástico nos advertía con realismo: «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?». El rencor es como beber veneno esperando que el otro sufra. El rencor enferma el alma, apaga la alegría en la mesa familiar y levanta muros donde debería haber puentes.

IV. Aplicación concreta: ¿Cómo se vive esto bajo nuestro techo?

El perdón cristiano no significa fingir que nada pasó, ni justificar la injusticia, ni ser ingenuos. El perdón es una decisión valiente del corazón: la decisión de no devolver mal por mal, la decisión de desarmar la violencia en el metro cuadrado que nos toca habitar.

Hoy los valores patrios y el Evangelio nos proponen tres tareas familiares muy concretas:

  1. Aprender a decir con el corazón tres palabras indispensables (como nos ha recordado tantas veces la Iglesia): «Por favor», «Gracias» y, sobre todo, «Perdón». Decir «me equivoqué, perdóname» no nos hace débiles; nos hace nobles, grandes y verdaderamente libres.
  2. No acostarse con el enojo adentro: Cuando surja un roce, una discusión o una palabra destemplada entre esposos o entre padres e hijos, no dejemos que se termine el día sin darnos un abrazo, una mirada serena o un apretón de manos. No le demos espacio a la semilla del resentimiento.
  3. Recordar la propia fragilidad: Cuando nos cueste perdonar una ofensa de alguien cercano, miremos la cruz de Cristo y recordemos todo lo que a nosotros se nos ha perdonado gratuitamente. Quien se sabe inmensamente amado y perdonado por Dios, encuentra la fuerza para disculpar con generosidad.

V. Conclusión y oración final en familia

Querida comunidad:

La patria más inmediata, la que Dios nos ha confiado en custodia, es nuestra propia familia. No podemos cambiar solos las leyes del mundo entero de la noche a la mañana, pero sí podemos transformar el clima espiritual de nuestro hogar. Un Chile más justo, más solidario y reconciliado no nacerá de las diferencias irreconciliables ni de los discursos vacíos; nacerá de hogares donde los niños vean a sus padres pedirse perdón, donde los jóvenes aprendan la belleza de servir y donde los abuelos sean honrados con gratitud y cariño.

Que nuestra Señora del Carmen, Madre y Reina de Chile, a quien nuestros libertadores confiaron el destino de la patria naciente, visite hoy cada uno de nuestros hogares, sane las heridas que hayan quedado abiertas y nos enseñe a amar y perdonar «setenta veces siete».

Invito a que todos inclinemos la cabeza y recemos juntos:

Señor Dios, Padre compasivo y misericordioso: Te damos gracias por nuestra patria Chile, por la tierra fecunda que nos diste y por la historia forjada en la búsqueda de la justicia, la libertad y el bien común. Te damos gracias por nuestras familias, con sus alegrías y sus desafíos. Limpia nuestro corazón de todo rencor, enojo o soberbia. Danos la gracia de no vivir para nosotros mismos, sino para servir a los demás. Enséñanos a perdonar como Tú nos perdonas: con generosidad, sin cuentas estrechas y de todo corazón. Bendice nuestros hogares, fortalece a los matrimonios, ilumina a los hijos y acompaña a nuestros ancianos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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