“CAMINANDO CON JESÚS”
PENSAMIENTOS PARA EL EVANGELIO DE HOY
- «La esperanza cristiana nos sostiene para comprometernos a fondo en la nueva evangelización y en la misión universal. Nos empuja a orar como Jesús nos lo ha enseñado: ‘Que venga a nosotros tu reino’» (San Juan Pablo II)
- «La indiferencia: ¡cuánto mal hace a los necesitados la indiferencia humana! Y peor, ¡la indiferencia de los cristianos!» (Francisco)
- «La Iglesia es católica: Anuncia la totalidad de la fe; lleva en sí y administra la plenitud de los medios de salvación; es enviada a todos los pueblos; se dirige a todos los hombres; abarca todos los tiempos; ‘es, por su propia naturaleza, misionera’ (Concilio Vaticano II)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 868)
INTRODUCIR VIDA EN LA SOCIEDAD ACTUAL
El reino de Dios no es solo una salvación que comienza después de la muerte. Es una irrupción de gracia y de vida ya en nuestra existencia actual. Más aún. El signo más claro de que el reino está cerca es precisamente esta corriente de vida que comienza a abrirse paso en la tierra. «Id y proclamad que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios». Hoy más que nunca deberíamos escuchar los creyentes la invitación de Jesús a poner nueva vida en la sociedad.
Se está abriendo un abismo inquietante entre el progreso técnico y nuestro desarrollo espiritual. Se diría que el hombre no tiene fuerza espiritual para animar y dar sentido a su incesante progreso. Los resultados son palpables. A bastantes se les ve empobrecidos por su dinero y por las cosas que creen poseer. El cansancio de la vida y el aburrimiento se apoderan de muchos. La «contaminación interior» está ensuciando lo mejor de no pocas personas. Hay hombres y mujeres que viven perdidos, sin poder encontrar un sentido a su vida. Hay personas que viven corriendo, sumergidas en una nerviosa e intensa actividad, vaciándose por dentro, sin saber exactamente lo que quieren.
¿No estamos de nuevo ante hombres y mujeres «enfermos» que necesitan ser curados, «muertos» que necesitan resurrección, «poseídos» que esperan ser liberados de tantos demonios que les impiden vivir como seres humanos? Hay personas que, en el fondo, quieren volver a vivir. Quieren curarse y resucitar. Volver a reír y disfrutar de la vida, enfrentarse a cada día con alegría.
Y solo hay un camino: aprender a amar. Y aprender de nuevo cosas que exige el amor y que no están muy de moda: sencillez, acogida, amistad, solidaridad, atención gratuita al otro, fidelidad… Entre nosotros sigue faltando amor. Alguien lo tiene que despertar. A los hombres de hoy no los va a salvar ni el confort ni la electrónica, sino el amor. Si en nosotros hay capacidad de amar, la tenemos que contagiar. Se nos ha dado gratis y gratis lo tenemos que regalar de muchas maneras a quienes encontremos en nuestro camino.
José Antonio Pagola
Reflexión 1: La gratuidad como origen de la misión
El contexto de nuestra liberación (Iniciando con Éxodo 19, 2-6a) El relato del Éxodo nos sitúa en el desierto, un lugar que a menudo refleja las incertidumbres de nuestra propia vida. Aquí, Dios hace una declaración asombrosa: le recuerda al pueblo que Él ya tomó la iniciativa de sacarlos de la esclavitud de Egipto, llevándolos “sobre alas de águila” hacia Él. Es fundamental notar el orden de los factores: Dios primero libera y rescata, y solo después propone la alianza de convertirlos en “un reino de sacerdotes y una nación santa”. La vocación no es un premio por nuestro buen comportamiento, sino la respuesta agradecida a un Dios que se hizo presente en nuestra necesidad.
Entrelazando el amor que justifica y el envío (Romanos 5 y Mateo 9) Esta misma lógica de liberación absoluta es la que San Pablo universaliza en la segunda lectura a los Romanos: si en el Éxodo vimos la liberación de un pueblo, Pablo nos muestra la liberación de toda la humanidad del pecado. Cristo no murió por nosotros porque fuéramos santos o lo mereciéramos, sino que entregó su vida “cuando aún éramos pecadores”. La gracia siempre precede a la obra. Al comprender profundamente esta gratuidad —que somos salvados sin mérito propio—, el Evangelio de Mateo cobra todo su sentido. Jesús, al ver a las multitudes extenuadas, no les exige perfección, sino que siente compasión y envía a sus discípulos con una regla estricta: “Lo que han recibido gratis, denlo gratis”. Somos llamados a la misión simplemente para devolver al mundo esa inmensa gracia que ya recibimos en el desierto de nuestras vidas.
Preguntas para vivir en el día a día
- ¿Sigo viviendo mi fe como una lista de deberes para intentar “ganarme” a Dios, o actúo desde la inmensa gratitud de saber que Él ya me rescató “sobre alas de águila” y me amó siendo pecador?.
- Recordando el mandato de Jesús en el Evangelio, ¿qué acción concreta y gratuita puedo realizar hoy por alguien, sin buscar méritos ni reconocimientos, simplemente compartiendo lo que recibí gratis?.
Reflexión 2: El amor que precede transforma nuestra mirada
La paradoja del amor divino (Iniciando con Romanos 5, 6-11) San Pablo nos presenta una verdad desconcertante que desarma nuestro orgullo humano: Cristo murió por nosotros no cuando éramos justos, sino cuando aún éramos débiles y pecadores. A menudo, el ser humano busca desesperadamente ser “bueno” para que lo amen, pero la gracia de Dios funciona exactamente al revés: Él nos ama incondicionalmente para hacernos buenos. Su sacrificio generoso en la cruz no fue una reacción a nuestra virtud, sino una ofrenda gratuita que se alzó por encima de nuestros rechazos para reconciliarnos.
Del rescate en el desierto a la compasión activa (Éxodo 19 y Mateo 9) Este amor que precede a cualquier mérito es el mismo que movió a Dios en el Antiguo Testamento. Como leímos en el Éxodo, Dios buscó a un pueblo esclavo, lo rescató y le ofreció ser su posesión exclusiva y una “nación santa”, liberándolo antes de exigirle nada. Cuando tomamos verdadera conciencia de que hemos sido justificados por pura misericordia, nuestra actitud hacia los demás debe cambiar radicalmente. Ya no podemos exigir perfección en el prójimo, sino que debemos adoptar la mirada que Jesús nos muestra en el Evangelio de Mateo: una compasión visceral por aquellos que están “extenuados y abandonados”. Quien se sabe perdonado y amado en su pecado (Romanos) y rescatado de sus esclavitudes (Éxodo), se convierte automáticamente en el trabajador compasivo que Jesús necesita enviar a su mies.
Preguntas para vivir en el día a día
- Al pensar en las personas que me han ofendido o a las que me cuesta amar, ¿cómo me interpela el hecho de que Cristo dio su vida por mí cuando yo mismo era un pecador que no lo merecía?.
- ¿Qué pasos concretos daré hoy para perdonar y acercarme a los demás con la misma compasión visceral de Jesús, en lugar de juzgarlos por sus errores?.
Reflexión 3: Extensiones de la compasión de Cristo
La mirada que se hace misión (Iniciando con Mateo 9, 36 – 10, 8) El Evangelio nos muestra a un Jesús que no es indiferente ante el sufrimiento. Al observar a la multitud, no ve a la gente como una masa anónima, sino que se hace cargo de su realidad, conociendo cada rostro e historia particular. Al verlos “extenuados y abandonados”, experimenta una compasión tan honda que “se le revuelven las entrañas”, sintiendo el dolor físico y espiritual de la gente. Pero esta mirada no se queda en una lástima pasiva: detona la misión. Jesús llama a sus discípulos, no por ser expertos, sino para convertirlos en extensiones de su propia mirada y enviarlos al pueblo de manera gratuita.
El cimiento de la gracia para salir al mundo (Éxodo 19 y Romanos 5) Este mandato misionero —ir a curar y acompañar a los demás gratuitamente— es lo que le da un sentido práctico a la promesa del Éxodo. Somos llamados a ser ese “reino de sacerdotes”, es decir, puentes vivos entre Dios y un mundo lleno de heridas. Sin embargo, la labor de darnos a los demás sería agotadora si dependiera de nuestras solas fuerzas. Por eso, esta misión debe sostenerse en la certeza que nos da la carta a los Romanos: la fuerza para amar a los abandonados proviene de sabernos reconciliados y salvados por el inmenso amor de un Dios que murió por nosotros cuando éramos pecadores. La misión cristiana no es un esfuerzo heroico y solitario, sino el desbordamiento de gratitud de quien se sabe salvado.
Preguntas para vivir en el día a día
- En mi entorno cotidiano, ¿voy centrado únicamente en mis problemas o apuros, o le pido a Dios su mirada compasiva para reconocer a los “extenuados y abandonados” a mi alrededor?.
- Como parte del pueblo elegido y perdonado, ¿qué talento, tiempo, capacidad de escucha o consuelo estoy guardando hoy para mí mismo, en lugar de darlo gratis a quienes lo necesitan?.
Smlg31.
