Ven, Espíritu Santo
Realmente eres admirable, Verbo de Dios, haciendo que el Espíritu Santo te infunda en
el alma de tal modo que esta se una con Dios, le guste y no halle su consuelo más que en
él.
El Espíritu Santo viene al alma, sellado con el sello de la sangre del Verbo o Cordero
inmolado; más aún, la misma sangre le incita a venir, aunque el propio Espíritu se pone
en movimiento y tiene ya ese deseo.
Este Espíritu, que se pone en movimiento y es consustancial al Padre y al Verbo; sale
de la esencia del Padre y del beneplácito del Verbo, y viene al alma como una fuente en
que esta se sumerge. A la manera que dos ríos confluyen y se entremezclan y el más
pequeño pierde su propio nombre y asume el del más grande, también actúa así este
divino Espíritu al venir al alma y hacerse una sola cosa con ella. Pero, para ello, es
necesario que el alma, que es la más pequeña, pierda su nombre, dejándolo al Espíritu;
[…] hasta hacerse una sola cosa con él.
Santa María Magdalena de Pazzi, Libro de las revelaciones
