PENSAMIENTOS PARA LAS LECTURAS DE HOY
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- «El bienaventurado Pedro es el primero de los apóstoles, amador impetuoso de Cristo, de quien mereció escuchar: ‘Y yo te digo que tú eres Pedro’, y sobre esta piedra edificaré la fe que acabas de confesar» (San Agustín)
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«Cada uno de nosotros es una pequeña piedra, pero en las manos de Jesús se orienta a la construcción de la Iglesia: ella es comunidad de vida, hecha de muchísimas piedras, todas distintas, que forman un único edificio en el signo de la fraternidad y de la comunión» (Francisco)
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«En el colegio de los doce Simón Pedro ocupa el primer lugar. Jesús le confía una misión única (…). Cristo, ‘Piedra viva’ (1Pe 2,4), asegura a su Iglesia, edificada sobre Pedro, la victoria sobre los poderes de la muerte. Pedro (…) tendrá la misión de custodiar [la] fe ante todo desfallecimiento y de confirmar en ella a sus hermanos (cf. Lc 22,32)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 552)
HOMILÍA 1: Sabado 19.00
Tema: “Las llaves del servicio y el misterio de la Iglesia edificada sobre la Roca”
Lectura de partida: Primera Lectura (Isaías 22, 19-23)
La historia de la humanidad está plagada de monumentos caídos, de nombres que alguna vez resonaron con el brillo del bronce y que hoy yacen sepultados bajo el polvo del olvido. Es la historia de nuestra constante obsesión humana por el control, el estatus y el poder. El profeta Isaías nos introduce hoy directamente en los pasillos de la corte real de Jerusalén para mostrarnos un drama que se repite en cada época y en cada corazón humano: la destitución de Sobná, el mayordomo de palacio.
Sobná no era un gobernante extranjero; era un alto funcionario del pueblo de Dios, un hombre al que se le había confiado la administración de los bienes del rey y la protección de los ciudadanos. Sin embargo, en lugar de velar por los necesitados y actuar con justicia, Sobná utilizó su posición de privilegio para cavarse un sepulcro monumental en las alturas, buscando perpetuar su memoria y asegurar su propia gloria terrenal. Vivía replegado en su propio orgullo, sordo a las necesidades del pueblo y ciego ante el designio divino. Por eso, la palabra del Señor resuena hoy con una contundencia estremecedora: «Te depondré de tu cargo, te destituiré de tu puesto».
Frente a la soberbia egoísta de Sobná, el Señor realiza una acción soberana que cambia por completo el concepto de autoridad: elige a su siervo Eliaquín, hijo de Elcías, lo viste con la túnica de servicio, le ciñe la banda de la fortaleza y pone sobre sus hombros «la llave del palacio de David». Pero prestemos atención al propósito de esta transferencia de poder. Dios no elige a Eliaquín para que sea un nuevo tirano o para que disfrute de los lujos de la corte; lo elige para que sea «un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá». En el diseño de Dios, la posesión de las llaves, es decir, el ejercicio de la autoridad y del liderazgo, solo es legítimo cuando se transforma en paternidad espiritual, en cuidado desinteresado por el débil y en un puente que abre las puertas de la gracia para toda la comunidad.
Este misterio del servicio y de la autoridad se cumple y se eleva a su máxima expresión en el Evangelio de hoy (Mateo 16, 13-20). Jesús conduce a sus discípulos a los límites de la tierra de Israel, a la región de Cesarea de Filipo, un lugar dominado por grandes templos paganos tallados en roca maciza y por las fuentes del río Jordán. En ese escenario imponente, Jesús realiza una pregunta que define el rumbo de la fe: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Tras escuchar las respuestas dispersas que asocian a Jesús con los grandes profetas del pasado como Elías, Jeremías o Juan el Bautista —respuestas que brotan de la simple curiosidad o de la opinión pública superficial—, el Maestro desciende al ámbito de la verdad personal y nos interroga directamente a los ojos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón, con la audacia y la fe que le caracteriza, toma la palabra en nombre de todos y confiesa solemnemente: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Esta confesión de fe no proviene de la especulación intelectual ni de las capacidades humanas de Simón, de lo que Jesús llama “la carne y la sangre”; es un don gratuito, una revelación del Padre que está en los cielos. Y es precisamente en respuesta a esta fe humilde y dócil que Jesús cambia el nombre de Simón y le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de los cielos».
Aquí se revela la conexión perfecta con la profecía de Isaías. Jesús, el verdadero Rey de la dinastía de David, no edifica su Iglesia sobre la base de la fuerza militar, la influencia geopolítica o el prestigio social. La edifica sobre la roca de la fe profesada por hombres frágiles. Jesús no busca seres perfectos o impecables para sostener su obra, sino que hace partícipe de su propia solidez de Roca a un pescador del mar de Galilea, propenso a las dudas y a las caídas, pero transformado por la gracia divina. Las llaves del Reino de los cielos que recibe Pedro no son instrumentos de exclusión moral o de dominación clerical; son las llaves de la misericordia, del perdón que desata las ataduras del pecado y del discernimiento pastoral que abre el banquete de la salvación para toda la humanidad.
Este asombroso diseño litúrgico nos invita a unir nuestras voces al salmo responsorial de este domingo: «Señor, tu amor perdura eternamente; no abandones la obra de tus manos». La Iglesia, nuestra comunidad de fe, y cada una de nuestras vidas, son la obra de las manos de Dios. Dios no nos abandona a nuestras propias debilidades ni permite que el mal tenga la última palabra. San Pablo, en la segunda lectura, contempla este misterioso plan de Dios y rompe en un himno de alabanza que nos nivela a todos en la humildad: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!». Nadie ha sido consejero del Señor, nadie le ha prestado nada para exigirle retribución. Todo lo que somos y tenemos proviene de Él, subsiste por Él y debe ser orientado hacia Él.
Para el público en general, este mensaje es una llamada urgente a examinar cómo estamos utilizando las “llaves” que Dios ha puesto en nuestras manos. Todos nosotros ejercemos alguna forma de influencia o autoridad: en el hogar como padres, en el trabajo como jefes o compañeros de equipo, en la escuela como maestros, o en nuestra propia parroquia como servidores litúrgicos y catequistas. La tentación de Sobná nos acecha a todos: construir nuestro propio monumento, buscar que las cosas se hagan a nuestro capricho, excluir a quienes nos incomodan y utilizar a la Iglesia o a la familia como plataformas de vanidad personal. La liturgia de hoy nos desafía a deponer ese orgullo y a asumir nuestras responsabilidades como Eliaquín: convirtiéndonos en servidores, en padres y madres espirituales que abren puertas de reconciliación y caridad.
Esta transformación de nuestra vida cotidiana solo es posible si respondemos con verdad a la pregunta de Jesús: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?». No basta con repetir de memoria las fórmulas del catecismo ni asistir a la misa dominical como una simple costumbre heredada que no toca el corazón. Confesar que Jesús es el Hijo del Dios vivo implica que Él es el fundamento real de tu existencia. Significa que cuando las tempestades de la vida golpeen tu salud, tu economía o tus relaciones afectivas, no te derrumbarás, porque tu casa no está edificada sobre la arena movediza de tus propios méritos o del éxito mundano, sino sobre la Roca inquebrantable que es Jesucristo.
En esta Eucaristía, al prepararnos para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, pidámosle la gracia de una fe viva y operante. Al entonar el Kyrie, eleison —«Señor, ten piedad»—, reconozcamos con humildad nuestra indigencia y despojémonos de todo deseo de dominio. Que el Pan celestial que hoy comulgamos nos fortalezca para ser piedras vivas, unidas a la fe de Pedro, capaces de desatar los nudos del rencor en nuestro entorno y de edificar una comunidad donde el amor del Señor, que perdura eternamente, sea visible para todos los hombres.
Preguntas para la Reflexión:
- ¿De qué manera utilizo la autoridad o la influencia que tengo en mi familia, trabajo o comunidad: buscando mi propio prestigio como Sobná o sirviendo con generosidad y cuidado de padre como Eliaquín?
- Si Jesús se presentara hoy ante mí y me preguntara en el silencio del alma: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?», ¿cuál sería mi respuesta sincera? ¿Se basa en un encuentro vivo con Él o solo en costumbres y teorías aprendidas de oídas?
- ¿Qué nudos de división, resentimiento o falta de comunicación estoy llamado a “desatar” esta semana en mi entorno cotidiano para abrir las puertas de la reconciliación y la gracia de Dios?
HOMILÍA 2: Domingo 09.30 hrs.
Tema: “La suerte de olvidar lo que sabemos y el asombro ante los caminos de Dios”
Llegar a la edad adulta y a la madurez de la vida trae consigo una serie de certezas legítimas. Nos enorgullecemos de nuestra experiencia acumulada, de los títulos profesionales que hemos obtenido con esfuerzo, de nuestra capacidad para prever los riesgos y de mantener bajo control las variables de nuestra existencia cotidiana. Sin embargo, ¿qué sucede cuando la realidad desbarata por completo nuestros planes perfectos? ¿Qué pasa cuando irrumpe un diagnóstico médico inesperado, una dolorosa ruptura en el matrimonio, el drama del desempleo en la madurez o la crisis existencial y espiritual de un hijo? En esos momentos de oscuridad, nuestra sabiduría humana se muestra dolorosamente insuficiente y nuestras respuestas prefabricadas se agrietan por completo.
La segunda lectura de hoy, tomada de la Carta a los Romanos, nos ofrece el testimonio de un adulto intelectualmente brillante, san Pablo, quien tras desplegar un profundo andamiaje teológico sobre el misterio de la salvación de judíos y paganos, decide detenerse. No lo hace para presentar una conclusión lógica o una teoría analítica que lo explique todo, sino para rendirse conmovido ante el misterio divino y estallar en un himno de adoración: «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus decisiones e inescrutables sus caminos!».
San Pablo nos plantea a los adultos preguntas retóricas que cuestionan de raíz nuestra sutil pretensión de control: «¿Quién conoció el pensamiento del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le dio primero, para que él le tenga que devolver?». El teólogo Alessandro Pronzato analiza esta actitud y nos habla de «la suerte de olvidar lo que se sabe». Los adultos corremos constantemente el riesgo de «invertir las posiciones» en nuestra relación con Dios. Con frecuencia, de manera inconsciente, pretendemos que Dios actúe como nuestro empleado o que justifique sus decisiones ante nuestro tribunal personal; le exigimos explicaciones por sus silencios, le sugerimos cómo resolver los problemas del mundo y le presentamos nuestro pliego de condiciones espirituales bajo la lógica transaccional de “yo me porto bien, por lo tanto, Tú me debes conceder el éxito y la salud”.
El asombro de san Pablo nos cura de esta soberbia espiritual. Adolfo Galeano nos advierte que la fe madura es nuestra relación viva con Dios, pero que es sumamente propensa a desviarse hacia «relaciones patológicas» caracterizadas por el miedo, la culpa, el utilitarismo o la fría formalidad ritual. Una fe que solo busca usar a Dios para que apruebe nuestros proyectos no es fe; es superstición ilustrada. Para acoger la verdadera revelación del Padre, el adulto necesita transitar por la experiencia de desaprender sus certezas absolutas, reconociendo que sus propios caminos son limitados y que la sabiduría de Dios discurre por senderos insondables que superan nuestra capacidad de comprensión racional.
Este andamiaje teológico de la renuncia al control intelectual se conecta directamente con el Evangelio de Mateo (16, 13-20). En Cesarea de Filipo, ante la pregunta de Jesús sobre su identidad, Simón Pedro declara con fe audaz: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Y la respuesta de Jesús es sumamente reveladora: «¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».
Jesús utiliza el concepto de “la carne y la sangre” para referirse a la lógica puramente humana, al esfuerzo de la inteligencia racionalista y al orgullo de quien cree haber alcanzado la verdad por sus propios méritos. La confesión de Pedro no es el resultado de un análisis sociológico o teológico brillante; es un don gratuito de Dios que ha encontrado espacio en un corazón sencillo y receptivo. Pedro es bienaventurado no por ser el más inteligente de los apóstoles, sino por haber tenido la docilidad de vaciarse de sus propios prejuicios para dejarse enseñar por el Padre del cielo.
Cuando el adulto imita este camino de Pedro, se asienta sobre la verdadera Roca firme que es Cristo. El Salmo Responsorial de este domingo nos invita a cantar con convicción madura: «Señor, tu amor perdura eternamente; no abandones la obra de tus manos».Apoyar la vida sobre esta Roca no significa que las tormentas desaparecerán del horizonte familiar o profesional; significa que, en medio del viento y de la marea, experimentaremos una paz profunda e inquebrantable que proviene del abandono confiado en los brazos de la Providencia, sabiendo que de Dios, por Dios y para Dios son todas las cosas.
Por el contrario, la primera lectura (Isaías 22, 19-23) nos muestra el amargo destino de quien decide confiar exclusivamente en la solidez de sus propios monumentos. El mayordomo Sobná, cegado por el éxito y la autosuficiencia de su madurez profesional, se dedicó a labrar su sepulcro en las alturas de la roca, buscando asegurarse el control del futuro y la perpetuación de su propio nombre. Pero Dios lo destituye de su puesto para elegir a Eliaquín, a quien le confía las llaves del servicio. Esto nos enseña que toda la madurez, los dones intelectuales, la influencia profesional y los recursos económicos que los adultos adquirimos a lo largo de los años no están destinados a alimentar nuestro ego o a construir mausoleos de seguridad egoísta; están destinados a sostener con ternura paternal y misericordia la vida de quienes nos rodean, convirtiéndonos en siervos del bien común.
Al celebrar esta Eucaristía, los adultos estamos invitados a depositar sobre el altar de Dios nuestra necesidad compulsiva de control y nuestra soberbia intelectual. Al entonar el Kyrie, eleison —«Señor, ten piedad»—, asumamos con alegría el ejercicio liberador de olvidar lo que creemos saber, para dejarnos guiar de nuevo por la gracia del Padre de las luces. Que al recibir el Cuerpo de Cristo, comulguemos con su sabiduría de Cruz, asumiendo con paz que los caminos de Dios son más altos que los nuestros y que su amor irrevocable es el único fundamento capaz de sostener con solidez nuestra existencia todos los días de nuestra vida.
Preguntas para la Reflexión:
- En mi vida adulta y profesional, ¿en qué áreas experimento una necesidad compulsiva de control y cómo me cuesta aceptar que los caminos de la Providencia de Dios sean insondables y diferentes a mis planes?
- ¿Qué rasgos de una “relación patológica” o transaccional con Dios logro identificar en mi vida de oración diaria? ¿Le exijo explicaciones a Dios o me abandono con confianza filial en sus manos?
- ¿Cómo puedo transformar los conocimientos, la madurez y la influencia que he acumulado a lo largo de los años en “llaves” que abran caminos de servicio y paternidad espiritual para los más jóvenes y necesitados de mi entorno?
HOMILÍA 3: Domingo !2.00 hrs
Tema: “Cimentar el hogar sobre la Roca de la fe y el perdón”
Imaginemos por un instante la mesa del comedor de nuestra casa a la hora de la cena. Es un espacio cotidiano de encuentro, de risas, de miradas, pero también, a veces, es el lugar donde se sientan el cansancio del día, el silencio tenso tras una discusión, la preocupación por la economía familiar o la distancia que las pantallas de los teléfonos móviles siembran entre padres e hijos. En medio de esa dinámica tan nuestra, Jesús se hace presente hoy de manera íntima, tal como lo hizo con sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo.
Jesús no eligió el ruido del templo de Jerusalén ni las plazas concurridas de las grandes ciudades para realizar la pregunta más importante de su misión; se retiró con los suyos a un paraje apartado, buscando la calidez y la intimidad de un diálogo cara a cara, como el que se vive en el corazón de un hogar. Y allí, mirándonos fijamente a los ojos a cada miembro de la familia, nos plantea una pregunta que sacude la rutina diaria de nuestras casas: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Esta pregunta no se dirige a las grandes asambleas teológicas; se dirige hoy a tu matrimonio, a la relación con tus hijos y al trato con tus padres. No basta con responder que Jesús es una bonita costumbre dominical o una tradición familiar heredada que cumplimos por inercia ritual. Simón Pedro, inspirado por el Padre del cielo, nos muestra el camino de la verdadera fe al confesar con audacia: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Esta confesión es el cimiento de la Iglesia, y es también el único cimiento sobre el cual un hogar puede sostenerse de manera indestructible ante las tormentas del mundo contemporáneo.
Jesús alaba la fe de Pedro y le dice: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará». Cada familia cristiana está llamada a ser una pequeña «Iglesia doméstica», un santuario vivo de fe y de caridad en medio de la sociedad actual. Sin embargo, con frecuencia los padres de familia dedican una cantidad ingente de tiempo, noches de insomnio y esfuerzos extenuantes para asegurar el bienestar material de sus hijos (los mejores colegios, ropa, tecnología, actividades extraescolares y comodidades físicas). Todo eso es valioso y legítimo, pero si descuidamos los cimientos espirituales del hogar, estamos construyendo una hermosa estructura sobre la arena movediza del individualismo y el materialismo de nuestra cultura de consumo. Al llegar la primera tormenta fuerte de la vida —una enfermedad dolorosa, una crisis afectiva entre los esposos o una situación de desorientación en los hijos—, la casa corre el riesgo de fracturarse de raíz porque carece de un fundamento sólido.
Cimentar el hogar sobre la Roca, que es Cristo, requiere aprender a usar diariamente en la convivencia del hogar las «llaves del Reino de los cielos» que Jesús le confía a Pedro en el Evangelio. En el marco de la familia, estas llaves no son símbolos de un poder rígido o de una dominación autoritaria. Como nos enseña la primera lectura (Isaías 22, 19-23), las llaves de la autoridad se entregan para ejercer una paternidad y maternidad llenas de cuidado y compasión, actuando como protectores del hogar. El poder de «atar y desatar» en la convivencia familiar se traduce en la asombrosa y cotidiana pedagogía del perdón mutuo.
Nuestras palabras y actitudes dentro de la casa poseen consecuencias eternas. Cuando nos encerramos en el orgullo, cuando dejamos que el resentimiento se instale en el comedor o cuando castigamos a nuestros seres queridos con silencios hostiles e indiferencia, estamos “atando” el corazón de nuestra familia, encarcelándolo en la amargura. En cambio, cuando decidimos pedir perdón y ofrecerlo con generosidad, cuando un esposo tiene la humildad de reconocer su error ante su esposa, o cuando los padres se disculpan con sus hijos por haber reaccionado con impaciencia, estamos utilizando las llaves del amor para «desatar» las ataduras del rencor, abriendo de par en par las puertas de la paz y de la gracia en nuestro hogar.
San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que el plan de Dios sobre nuestra familia es perfecto y lleno de sabiduría, aunque a veces no lo comprendamos de inmediato: «De él, por él y para él son todas las cosas». Vuestro hogar no es el resultado de la casualidad; es un diseño de amor de la Providencia, y los dones que Dios ha depositado en vuestra casa son irrevocables. El Salmo Responsorial es una oración preciosa para cantar unidos en familia antes de dormir o al iniciar el día: «Señor, tu amor perdura eternamente; no abandones la obra de tus manos». Confiemos en que Dios sostiene nuestras casas y que su misericordia nunca nos dejará solos en las dificultades de la convivencia.
Esta vivencia de la fe familiar encuentra su alimento definitivo en el banquete de la Eucaristía, donde la gran familia de Dios se reúne en torno a la mesa del altar. Al participar juntos en la Santa Misa dominical, los esposos, los padres y los hijos traen al altar sus alegrías de la semana, pero también sus heridas y cansancios cotidianos. Al clamar con fe en el rito de la fracción del Pan el Kyrie, eleison —«Señor, ten piedad»—, abrimos el corazón familiar al perdón sanador del Salvador. Y al comulgar con amor en esta mañana, no recibimos meras migajas espirituales, sino al Pan de Vida entero que entra en nuestras vidas para sanar las fracturas silenciosas del hogar, fortalecer la alianza conyugal y llenarnos de la fuerza renovadora del Espíritu Santo.
Regresemos a nuestras casas con la firme decisión de hacer de nuestra mesa un altar de diálogo y perdón, edificando nuestra familia sobre la Roca firme de la fe, con la plena seguridad de que, con Jesús en el centro del hogar, ningún viento de desánimo ni tormenta existencial tendrá el poder de derribar nuestra casa.
Preguntas para la Reflexión Familiar:
- ¿En qué cimientos estamos apoyando la felicidad de nuestro hogar cotidianamente: en la arena movediza del bienestar material y las prisas del día a día, o sobre la Roca sólida de la oración, el diálogo sincero y la presencia viva de Jesús en casa?
- ¿Cómo estamos utilizando en la intimidad de nuestra convivencia familiar las “llaves de atar y desatar”? ¿Nos encerramos en el orgullo y los silencios hostiles o decidimos desatar diariamente los nudos del rencor mediante el perdón oportuno y la compasión?
3.¿Qué pequeño y sencillo hábito de fe podemos incorporar juntos en casa a partir de esta semana (por ejemplo, bendecir a nuestros hijos antes de salir, dar gracias en familia por los alimentos o rezar una oración sencilla al terminar el día) para hacer visible que Jesús es la Roca de nuestra casa?
Homilía 4: Vaqueria
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». En el silencio de Cesarea de Filipo, Cristo no abre una encuesta sociológica ni pide un dictamen académico; formula la pregunta decisiva que sacude el núcleo de la existencia humana. El hombre contemporáneo vive frecuentemente fragmentado, buscando definir su identidad a través del éxito profesional, la opinión pública o la acumulación de certezas pasajeras. Sin embargo, en el fondo de todo corazón adulto palpita una sed inextinguible de verdad y consistencia: la necesidad de edificar la propia vida sobre una roca que no sea vulnerable al desgaste del tiempo, la soledad o el sufrimiento humano.
La liturgia de la Palabra ilumina este anhelo mediante la unidad armónica del designio divino. En el Antiguo Testamento, el profeta Isaías anuncia la destitución del mayordomo soberbio Sobná y la investidura de Elyaquín, sobre cuyo hombro se deposita la llave del palacio davídico. Esta prefiguración veterotestamentaria encuentra su plenitud en el Evangelio de hoy, donde Jesucristo, único mediador y artífice de la salvación, transfiere de forma soberana a Simón Pedro las llaves del Reino de los cielos. San Pedro no confiesa por deducción meramente humana, sino por revelación del Padre celestial. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia está fundada de modo visible sobre la roca de Pedro, garantizando que el misterio de la fe permanezca incorrupto frente a las potencias de la muerte y del error secular.
Esta confesión de fe nos interpela en las encrucijadas cotidianas: en las responsabilidades laborales, las crisis vocacionales y la prueba moral. Responder quién es Jesús exige trascender la fe teórica heredada para asumir una comunión de destino con el Señor. Creer en el Cristo vivo implica permitirle reordenar nuestras prioridades, sanar los apegos desordenados y discernir nuestras decisiones bajo la luz de la verdad del Evangelio. La certeza de que el Señor sostiene a su Iglesia nos concede una paz inquebrantable en medio de las incertidumbres del mundo.
Esta confesión culmina en el memorial eucarístico. El mismo Señor que interrogó a los apóstoles se hace presente sobre el altar en su Cuerpo inmolado y su Sangre derramada, actualizando sacramentalmente su triunfo pascual. Al alimentarnos del Pan bajado del cielo, recibimos la fortaleza para ser testigos fieles de su Reino hasta que vuelva glorioso. A Él, que es principio, camino y consumación de la historia, sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos.
