PENSAMIENTOS PARA EL EVANGELIO DE HOY
- «Él me ha garantizado su protección; no es en mis fuerzas donde me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. ¿Qué es lo que ella me dice? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’» (San Juan Crisóstomo)
- «¡No existe la misión cristiana a la enseñanza de la tranquilidad! Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de la evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe» (Francisco)
- «El discípulo de Cristo no sólo debe guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla (…). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 1.816)
SEGUIR A JESÚS SIN MIEDO
El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?
Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento alguien nos rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?
La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar su mensaje por ningún motivo.
Jesús les explica cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.
Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.
Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de vuestra parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?
Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio?
José Antonio Pagola
NUESTROS MIEDOS
Cuando nuestro corazón no está habitado por un amor fuerte o una fe firme, fácilmente queda nuestra vida a merced de nuestros miedos. A veces es el miedo a perder prestigio, seguridad, comodidad o bienestar lo que nos detiene al tomar las decisiones. No nos atrevemos a arriesgar nuestra posición social, nuestro dinero o nuestra pequeña felicidad.
Otras veces nos paraliza el miedo a no ser acogidos. Nos atemoriza la posibilidad de quedarnos solos, sin la amistad o el amor de las personas. Tener que enfrentarnos a la vida diaria sin la compañía cercana de nadie.
Con frecuencia vivimos preocupados solo de quedar bien. Nos da miedo hacer el ridículo, confesar nuestras verdaderas convicciones, dar testimonio de nuestra fe. Tememos las críticas, los comentarios y el rechazo de los demás. No queremos ser clasificados. Otras veces nos invade el temor al futuro. No vemos claro nuestro porvenir. No tenemos seguridad en nada. Quizá no confiamos en nadie. Nos da miedo enfrentarnos al mañana.
Siempre ha sido tentador para los creyentes buscar en la religión un refugio seguro que nos libere de nuestros miedos, incertidumbres y temores. Pero sería un error ver en la fe el agarradero fácil de los pusilánimes, los cobardes y asustadizos.
La fe confiada en Dios, cuando es bien entendida, no conduce al creyente a eludir su propia responsabilidad ante los problemas. No le lleva a huir de los conflictos para encerrarse cómodamente en el aislamiento. Al contrario, es la fe en Dios la que llena su corazón de fuerza para vivir con más generosidad y de manera más arriesgada. Es la confianza viva en el Padre la que le ayuda a superar cobardías y miedos para defender con más audacia y libertad el reino de Dios y su justicia.
La fe no crea hombres cobardes, sino personas resueltas y audaces. No encierra a los creyentes en sí mismos, sino que los abre más a la vida problemática y conflictiva de cada día. No los envuelve en la pereza y la comodidad, sino que los anima para el compromiso.
Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: «No tengáis miedo», no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para enfrentarse a ellos.
José Antonio Pagola
Reflexión 1: La confianza frente a los miedos del mundo
El testimonio sufriente y confiado (Iniciando con Jeremías) Nuestra primera lectura nos presenta a Jeremías, un profeta de espíritu muy delicado que vivió en una época turbulenta y se sintió interiormente crucificado por su misión. Él escuchaba el cuchicheo constante y las acechanzas de quienes querían destrozarle. Vivimos en un mundo que también reparte mucho miedo: miedo a perder el empleo, miedo al porvenir por las crisis, y mucho miedo al qué dirán si mostramos nuestra fe. Sin embargo, Jeremías encuentra un contrapeso perfecto para su paz interior: sabe que el Señor está con él como un “poderoso guardaespaldas”. Él encomienda la suerte de su vida a Dios, sabiendo que es su Abogado y quien gana todos los pleitos.
Entrelazando el Evangelio y la Segunda Lectura Esa misma certeza que sostuvo a Jeremías es la que Jesús nos pide en el Evangelio de Mateo cuando nos repite insistentemente: “No tengáis miedo”. Jesús nos exhorta a no temer a los que solo pueden matar el cuerpo; el cristiano no camina sobre una cuerda floja sin red debajo, sino que tiene la máxima seguridad porque Dios cuida íntimamente de él. Si Dios tiene un cuidado especial por los gorriones, no dejará sin atención a sus hijos. ¿Y de dónde sacamos la fuerza para no tener miedo frente al mundo? San Pablo nos da la respuesta en la carta a los Romanos: de la desproporción de la gracia. Aunque el mal pesa en la historia, el don salvador de Jesús es infinitamente mayor. Nunca el pecado será más fuerte que el don de Cristo, y tener conciencia de esa gracia es lo que nos da valentía.
Preguntas para vivir en el día a día
- Al revisar mi vida, ¿cuáles son los miedos (al qué dirán, a perder prestigio, al futuro) que me están paralizando y me impiden confiar en que Dios es mi “poderoso guardaespaldas”?
- ¿Qué actitud o decisión voy a tomar esta semana para que mis acciones se muevan más por la confianza en el amor de Dios que por el deseo de quedar bien con la mayoría?
Reflexión 2: La gracia que vence nuestra cobardía
La desproporción de la salvación (Iniciando con Romanos) En la segunda lectura, San Pablo nos regala un mensaje de profundo realismo y esperanza: el cristianismo reconoce la existencia del mal y del pecado arraigado en el mundo, pero afirma por encima de todo el inmenso poder de la gracia. Hay una desproporción evidente: lo que verdaderamente pesa en nuestra historia no es el mal, sino el don salvador de Cristo. El bien es el contraste suficiente para equilibrar la marcha del mundo, porque por Jesucristo, la benevolencia divina desborda sobre todos nosotros. Esta gracia es la que nos saca de nuestra mediocridad y nos da la fortaleza necesaria para dar frutos de santidad.
La valentía del profeta y el mandato de Jesús (Jeremías y Mateo) Es precisamente esa sobreabundancia de gracia la que debe eliminar nuestro miedo a dar testimonio. A veces los cristianos nos acomodamos, preferimos no complicarnos la vida y vivimos nuestra fe refugiados en la “sacristía”. Pero el Evangelio nos saca de esa penumbra. Jesús nos dice: “Lo que os digo de noche, decidlo en pleno día; y lo que os digo al oído, pregonadlo desde las terrazas”. Nos invita a no tener miedo de la oscuridad del mundo, porque la luz del Evangelio siempre vence a las tinieblas. Quien confía en esta gracia desbordante puede enfrentar la incomprensión y la burla con la misma gallardía que el profeta Jeremías, que soportó el oprobio y el sonrojo porque sabía que su causa estaba en manos del Señor.
Preguntas para vivir en el día a día
- Sabiendo que la gracia de Dios es más grande que el mal del mundo, ¿en qué situaciones cotidianas estoy ocultando mi identidad cristiana por temor a ser considerado un “anticuado” o para evitar conflictos?
- ¿Qué situación en mi entorno requiere que yo “dé la cara” a plena luz del día, apoyándome en la gracia de Cristo en lugar de mi propia fuerza?
Reflexión 3: Pregoneros del Evangelio sin complejos
Confesar a Dios con todas sus consecuencias (Iniciando con Mateo) El Evangelio de Mateo nos lanza hoy un desafío tremendo: la valentía de la misión. Confesar a Jesús delante de los hombres no consiste simplemente en ir a misa, bautizarse o recitar el credo sin molestar a nadie. Confesar a Jesús es dar la cara por Él y por los pobres donde haga falta, apostando por el Evangelio pase lo que pase. Jesús nos pide que no le tengamos miedo a quienes se oponen a este mensaje nuevo. El único temor real que debemos tener es a “aquel que tiene poder para hacer perecer en la gehenna”, es decir, a esa voz maligna e interior que nos tienta a ceder a los compromisos del mundo y a renunciar a nuestros valores evangélicos.
El precio de la misión y la victoria de la gracia (Jeremías y Romanos) Tomar en serio este llamado inevitablemente trae dificultades. Toda vida cristiana vivida con audacia comporta la posibilidad de la crítica, de las burlas e incomprensiones, incluso dentro de nuestra propia familia o de los compañeros de trabajo. Este fue el cáliz que bebió Jeremías, experimentando el terror por todas partes al intentar ser la voz de Dios. Sin embargo, no peleamos esta batalla solos. Jesús nos promete que nuestro Padre celestial, que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza, sostiene nuestra vida. Y como nos enseña San Pablo en la carta a los Romanos, estamos respaldados por el don desbordante de la gracia, que es la verdadera fuente de nuestro coraje para no echarnos atrás en los momentos difíciles.
Preguntas para vivir en el día a día
- En mi trabajo, escuela o familia, ¿de qué manera concreta estoy defendiendo los valores del Evangelio (justicia, solidaridad, verdad), o me limito a un cristianismo de cumplimiento que no transforma nada?
- Ante las incomprensiones que a veces trae hacer lo correcto, ¿de qué forma me ayuda recordar que el Padre celestial valora mi vida más que la de los gorriones y me sostiene en la prueba?
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12º Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A).
Reflexión: “Del Miedo a la Libertad de los Hijos de Dios”
(Tiempo estimado: 15 minutos)
El impacto de la misión y la inevitable presencia del miedo En el Evangelio de este domingo, nos encontramos de nuevo con el discurso misionero de Jesús a sus discípulos. Él los está enviando a curar un mundo enfermo de corrupción, violencia y miseria. Para esta colosal tarea, Jesús les prohíbe llevar dinero, influencias o armas; su única fuerza irresistible debe ser la Palabra del Evangelio. Ante la inmensidad de cambiar el mundo y la perspectiva de ir como “ovejas en medio de lobos”, la primera reacción humana y natural es el miedo.
Una cosa importante a tener en cuenta sería: si al escuchar las exigencias del Evangelio no sientes miedo, es porque no has entendido lo que Jesús te pide o a dónde te quiere llevar. El miedo hay que darlo por descontado. Sin embargo, si te dejas vencer por él y retrocedes, te quedarás conformándote con ser un mero “admirador” (un followers) de Cristo; practicarás alguna devoción, pero jamás serás un verdadero discípulo involucrado en la creación de un mundo nuevo.
Esta misma angustia la vivió el profeta Jeremías en la primera lectura. Jeremías fue un hombre de espíritu delicado al que le tocó anunciar verdades impopulares, viviendo interiormente crucificado al escuchar los cuchicheos, las burlas y las acechanzas constantes de quienes querían destruirlo. Y aquí entra la voz del Salmo responsorial, que es en el fondo el grito de Jeremías y el nuestro: frente al terror, el salmista y el profeta deciden encomendar la suerte de su vida a Dios, sabiendo que Él es el Abogado que gana todos los pleitos y el “poderoso guardaespaldas” que nunca abandona a los suyos.
Desenmascarando nuestros miedos las palabras de Jesús en Mateo, identifican tres miedos fundamentales que nos paralizan y la respuesta que el Señor nos da para cada uno:
- El miedo que viene de adentro (Nuestra incoherencia): El primer temor es sentirnos inadecuados. Nos decimos: “¿Cómo voy a anunciar un mundo nuevo si yo mismo estoy atado al egoísmo, me cuesta perdonar y sigo acumulando bienes?”. Nos da miedo soltar nuestra comodidad para vivir radicalmente. Ante esto, Jesús responde: “Nada hay oculto que no llegue a descubrirse”. Esto significa que un día, las luces del teatro de este mundo se apagarán y la comedia de las glorias ilusorias terminará. En ese momento, solo quedará la verdad de tus obras de amor; no tengas miedo de parecer un “perdedor” a los ojos de la sociedad hoy, porque la luz final de Dios demostrará que hiciste la elección correcta.
- El miedo a la oscuridad del mundo (El qué dirán): Tenemos pánico de mostrar nuestra identidad cristiana por temor a que nos consideren unos retrógrados, ignorantes o personas que no se adaptan a la “mentalidad moderna”. Preferimos vivir una religión de sacristía y no molestar a nadie. Jesús nos dice: “Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz”. Si estás en una habitación iluminada y abres la ventana hacia la noche, no es la oscuridad la que entra, es la luz la que sale. La luz del Evangelio siempre vence a las tinieblas; no hay que tener complejos de inferioridad.
- El miedo a los que matan el cuerpo (La persecución y la burla): A lo largo de la historia, muchos mártires perdieron la vida por defender a los pobres y oponerse a los poderes del mundo. Hoy, en nuestros entornos, este miedo toma la forma de incomprensiones dolorosas, marginación o los “sorrisitos” irónicos de nuestros propios familiares y amigos, que nos dicen que la religión es un invento inútil. Jesús nos advierte: no teman a los que pueden dañar el cuerpo o la reputación, porque jamás podrán arrancarles el único tesoro verdadero, que es su alma, su vida divina y su dignidad de hijos de Dios. Como nos recuerda el padre Fabio Rosini, de nada nos sirve cuidar obsesivamente nuestro cuerpo y la opinión pública si perdemos nuestra alma viviendo una vida falsa e hipócrita. Al único que debemos temer es a esa “voz maligna” interna (la gehenna) que nos propone el camino fácil del compromiso con el mal, arruinando nuestra alma.
El antídoto: La desproporción de la Gracia y la Providencia Si la misión es tan difícil, ¿de dónde sacamos la fuerza? La segunda lectura a los Romanos nos da la primera clave: la desproporción de la gracia. San Pablo nos recuerda que es cierto que el mal y el pecado pesan en la historia, pero la gracia salvadora de Cristo es infinitamente mayor. Nunca el mal será más fuerte que el don de Dios, y apoyarnos en esta sobreabundancia de gracia es lo que nos capacita para ser audaces.
La segunda clave es la ternura de la Providencia que Jesús nos relata en el Evangelio. Nos habla de los gorriones, que en su época eran las aves más insignificantes y despreciadas, vendidas por unos cuantos centavos. Y sin embargo, el Padre celestial se ocupa de ellos. Jesús añade que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados. A veces, tomar el Evangelio en serio implica decisiones heroicas y atemorizantes: renunciar a un trabajo muy bien pagado pero que exige actuar contra nuestra conciencia, o afrontar un embarazo muy complejo que desbarata nuestros planes familiares. Dios no promete hacernos un milagro mágico para borrar los problemas, pero sí nos promete que en medio de la tormenta nos dará la paz interior y la fuerza del Espíritu por haber sido coherentes.
Conclusión – Reconocer al Padre a plena luz Hermanos, confesar a Dios delante de los hombres no es sólo recitar el Credo en la misa dominical; es dar la cara por Jesús y por los más vulnerables donde haga falta, pase lo que pase. Jesús termina con una promesa: reconocerá delante de su Padre a aquellos en los que Él pueda ver reflejada su propia imagen y valentía. Pidámosle hoy al Señor que nos libere de la esclavitud de agradar a la audiencia, que sane nuestros miedos con su gracia desbordante, y que nos conceda la inmensa libertad de pregonar su amor desde las terrazas de nuestra vida.
3 Preguntas para vivir en el día a día
- Sobre el miedo interno y la incoherencia: Sabiendo que el “teatro de este mundo” pasará, ¿hay algún compromiso con la comodidad, el dinero o el egoísmo al que estoy aferrado y que me da miedo soltar para seguir a Jesús de verdad?
- Sobre el miedo externo y el “qué dirán”: En mi entorno familiar o laboral, ¿me estoy dejando intimidar por las burlas, los silencios o los “sorrisitos” irónicos frente a mi fe, al punto de vivir mi cristianismo escondido y sin dar testimonio?
- Sobre la confianza en la Providencia: Jesús asegura que hasta mis cabellos están contados. Ante la decisión difícil que tengo que tomar hoy (ética, familiar, laboral), ¿estoy confiando en que Dios me dará la fuerza y la paz interior para ser fiel, o me dejo dominar por la angustia al futuro?
